Un inadvertido fin de semana largo y todo relativamente bajo control: es el mejor momento para continuar el descubrimiento de mi nuevo país. No muy lejos de Montreal (son sólo cuatro días y las obligaciones no dejan de acechar); pero lo suficientemente diferente como para sentir que tendría la oportunidad de acceder a un ambiente desconocido y exótico.
Para alguien que no ha visto mucho país, cualquier lugar se ajusta prácticamente a esa descripción; sin embargo los Cantones del Este (Cantons de l’Est en francés) habían resonando siempre como una de las regiones más bellas de la “Bella Provincia” (Quebec) y en particular, el pueblo de Magog había sido mencionado muchas veces durante mi apresurada búsqueda de recomendaciones.
Los albergues (Gîtes o B&B) son la mejor manera de pasar una estadía en esa región. Se tiene la impresión de ser acogido por una familia del lugar; sin embargo, conseguir una reservación fue absolutamente imposible (hay cosas que definitivamente no se pueden improvisar). Aun así, nunca tuve la impresión de sentirme frustrado: la gente tenía una manera tan cordial y encantadora de decir “no”, que al final yo pensaba que todo había salido a las mil maravillas, sin haber conseguido nada en realidad (¡los muy astutos!). Tuve que optar por una fórmula más impersonal pero más segura y finalmente más económica: el hotel. Más lejana también, ya que sólo fue en Sherbrooke, a 30 minutos de Magog que conseguí habitación.
Con todo rápidamente planeado, fuimos a este pequeño pueblo que queda a orillas del lago Memphrémagog, cercano a la frontera con los Estados Unidos y a hora y media al este de Montreal.

La arquitectura es muy diferente a otros lugares de Quebec, debido a que todos estos pueblos sureños fueron fundados por anglófonos contrarios a la revolución estadounidense, y que habían venido huyendo del entonces nuevo país. Luego, fueron poco a poco repoblados por francófonos.

Caminando por las calles, se logran ver curiosidades como esta vieja y típica barbería, que mantiene vigentes a los años cincuenta:
Llegamos en plena fiesta de la vendimia, por lo que había mucha animación y varias actividades de promoción de los productos autóctonos.

El lago es inmenso y en un día tan claro como en el que llegamos, mostraba un azul brillante y saturado. Es realmente el centro de la actividad turística.

Pasamos la mayor parte del tiempo alrededor de lago viendo las actividades y admirando la vista. Aquí están Irene y Guilenne, mis dos muñecas, sentadas en el embarcadero…

…y mirando el paisaje, sobre una torre seriamente construida para observar las supuestas apariciones de la serpiente Memphré…

…La verdad no sentí que valiera la pena investigar más a fondo ese asunto.
El lago es alimentado por el rio Magog que atraviesa el pueblo y desemboca en el lago.

Después de almorzar copiosamente (tanto que no tuvimos necesidad de cenar, salvo por Guilenne que siempre está hambrienta…), nos dirigimos a nuestra siguiente parada: la Abadía de San-Benito-sobre-el-Lago, con intenciones poco religiosas: nos habían recomendado el sitio por la calidad de sus quesos. Quince minutos de camino y encontramos este refugio apartado y tranquilo donde lo primero que encontramos fue una capilla llamada Torre de San Benito…


…Para luego llegar al edificio principal y único accesible de la abadía. Pude darme cuenta que el complejo es extenso y comprende varias instalaciones.

La siguiente foto fue tomada en el pasillo que comunica el edificio administrativo con la iglesia. Los ladrillos y la luz de la ventana crean un juego de colores interesante:

En la antesala de la iglesia estaba, solitaria, una especie de pila bautismal que el reflejo de la luz hacía deslumbrar con un brillo dorado. Sólo en una posición particular se lograba captar este efecto.

Antes de partir, y sin haber logrado conseguir los famosos quesos; Marjory, mi esposa, quiso consolarse, al comprar por lo menos, compota y vinagre de cidra a los monjes de la abadía.

Nos hacía falta un merecido descanso, así que tomados la ruta hacía Sherbrooke, no sin antes detenernos varias veces a ver el paisaje y descubrir en el camino, una fábrica artesanal de jabones.





Las niñas descubrieron un pequeño laboratorio que sirve para que el propio cliente diseñe y elabore sus jabones. Un padre cansado y adormilado les prometió que lo haríamos en una nueva visita.

Llegamos a la ciudad universitaria de Sherbrooke, que por ser día de fiesta (día del trabajador) no mostraba signos de mucha actividad. De todas formas veniamos a descansar, ¿No es cierto?

Llegada la noche, llevamos a una famélica Guilenne a romper su ayuno de 5 horas por los alrededores del hotel. Entre los lugares que pasamos en nuestra caminata estaba este curioso Burger King…

…que advertía a las personas de no entrar. Pensando que buenas razones debían tener para dar una orden tan categórica; por supuesto no entramos y seguimos nuestro camino…*
Al día siguiente, quedaba poco tiempo para completar la visita. Fuimos al campo universitario de la Universidad de Sherbrooke, del que pueden ver el rectorado y un edificio de servicios para los estudiantes…


…quizá, alguna de las niñas estudie aquí. Quién sabe.
Finalmente, descubrimos una pista de Karting y llevé a las niñas para que sintieran el vertiginoso placer de la velocidad. Hacía fresco, así que Irene se vistió para la ocasión. Guilenne, más precavida, había traído un abrigo.

Antes de la partidad, unos minutos de atención para las instrucciones finales…y a correr:



Nota técnica: tuve que poner la cámara a una velocidad de 1/30 sec. para que Guilenne pudiera dar la impresión de estar corriendo a gran velocidad; pero no se lo digan a ella.
Luego, hicimos, un último toque por Magog antes de regresar a Montreal, para disfrutar del largo atardecer veraniego a orillas del Memphrémagog.



Nota: Irene y Guilenne contribuyeron con imagenes para este artículo.
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* En realidad es la salida del estacionamiento pero un juego con el
ángulo me permitió hacer esta crítica humorística.