Montreal, la isla

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Su extensión y la rutina diaria hacen olvidar a veces el carácter insular de Montreal. Una gaviota que revolotea en busca de alimento o ver el agua aparecer entre los árboles, me devuelven  la agradable realidad del entorno donde vivo.

Cuando el recuerdo se asoma de nuevo, siempre me alegra de forma especial y confieso, sin el menor dejo de remordimiento, que  imagino vivir las historias de Twain o Stevenson tal como lo hacía de niño cuando su lectura y relectura tanto me divertían…y  entonces deseo que sea el fin de semana para tomar la bicicleta e ir a la costa más cercana en Cap-Saint-Jacques, disfrutar de esas masas de aguas tranquilas con nombres evocadores, como el Lago de las Dos Montañas o El río de las Praderas y finalmente pensar que me hallo realmente aislado,  separado del continente, por enormes y protectoras corrientes. 

Imagino también, la ciudad como una inmensa fortaleza con su desmesurada mazmorra, El Monte Real; sus largos puentes, que convierto en levadizos y el San Lorenzo junto al Río de las Praderas, su descomunal foso inundado que la hace prácticamente inexpugnable…

…Levanto los ojos y veo un avión pasar.  Seguro que va al aeropuerto. Ah, que lástima: Montreal, la isla,  ha sido tomada…otra vez.

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